Conservación

¿Cómo podemos saber la edad de un árbol?

Por decenas de años, incluso cientos, los árboles pueden sostener la vida brindando diferentes servicios ecosistémicos liberando oxígeno, regulando ciclos hidrológicos, evitando la degradación de los suelos y siendo el hábitat de una valiosa biodiversidad. Además de bienes como la madera, que es el material de construcción por excelencia y el más sustentable. Beneficios que resultan trascendentales para el ser humano, pero que tienen fecha de expiración de no proteger estas especies como se debe.

Como todo ser vivo, un árbol nace, crece, se desarrolla y muere; en este caso, se trata de un ciclo complejo que comienza con la germinación de la semilla. Para que la especie pueda desarrollarse, debe estar alejada de alteraciones; la palma chilena (jubaea chilensis), por ejemplo, tarda al menos cinco años en engrosar su tronco, antes de eso es solo una hoja que está en constante peligro de ser devorada por un rodeor o ser alcanzada por un incendio.

El profesor Alejandro Bozo, académico de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza explica que hay diferentes formas de conocer la edad de un árbol. La más infalible es conociendo su fecha de plantación y de muerte, en el caso de árboles muertos, o la fecha de plantación y la fecha actual, en árboles vivos. Otro método, es realizando un análisis dendrocronológico a través de rodelas en especies muertas, o de tarugos de incremento en las especies vivas.

“En una plantación artificial como las de pino radiata (pinus radiata D.Don), el árbol está dos años en vivero desde su germinación y luego se trasplanta al terreno, de esos solo un año se cuenta. El primer año de un árbol tiene un crecimiento primario, en altura y luego un crecimiento secundario que sería el diametral. El crecimiento apical deja, como huella, la médula y el diametral genera los anillos de crecimiento”, puntualiza el profesor Bozo, académico del Departamento de Desarrollo en Productos Forestales.

Una rodela es un corte transversal del tronco de un árbol. En esta pieza se puede observar bien la médula del árbol al centro, y los anillos que muestran su crecimiento de primavera o madera temprana; estas son las zonas claras, anchas, y dan cuenta del periodo de crecimiento favorable que va desde septiembre a diciembre aproximadamente. Las zonas oscuras, angostas, corresponden al periodo de crecimiento desfavorable y se conocen como madera de verano o tardía. Así lo detalla la profesora Magda Orell, académica de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza.

“Popularmente se cree que contando los anillos de crecimiento de las rodelas de un árbol se obtiene la edad de éste, pero este corte debe ser hecho a una altura determinada: a 30 cm sobre el nivel del suelo, técnicamente a la altura del tocón, lo que queda en el suelo tras la tala. Los anillos se cuentan desde el centro, la médula, hacia afuera; pero esta cuenta nunca es exacta, siempre se pierden años. Para ser lo más exacto, debería estar el corte lo más a ras del suelo posible. Por ejemplo, al cortar una lenga, entre los 30 cm y a ras del suelo, se pueden perder cerca de 30 a 40 años en el cálculo”, afirma la profesora Orell, destacando que hay que usar una lupa especial y tener mucha paciencia para no perder la cuenta.

Los árboles nos cuentan la historia del tiempo

En un clima mediterráneo, como el que existe en la mayor parte del territorio nacional y donde las cuatro estaciones estarían bien marcadas, se puede distinguir bien el paso del año en los anillos de la rodela de un árbol. Para poder estudiar bien la madera, se debe analizar en tres planos: el corte transversal, el longitudinal radial y el longitudinal tangencial.

El profesor Bozo destaca que las rodelas de un árbol son una impresión de cómo estuvo el clima en un periodo determinado, a través del grosor y oscuridad de los anillos se puede conocer si hubo sequía o altas temperaturas, por ejemplo. También por los anillos, del crecimiento temprano o tardío marcados en las rodelas, se sabe si la especie es de hoja caduca o perenne; en la primera no hay crecimiento de los árboles , cuando éste está desprovisto de hojas, porque no hay proceso de fotosíntesis; en la segunda, los árboles sí efectúan el vital proceso durante todo el año.

“El anillo de primavera, corresponde al crecimiento acelerado del árbol producido en el periodo cuando existen abundancia de agua y temperatura adecuada para el desarrollo y crecimiento celular y coincide con el inicio de la estación de primavera, en este periodo se desarrollan células con paredes delgadas y lúmenes grandes. El segundo, anillo de verano, se produce o corresponde al crecimiento realizado por el árbol cuando el agua en el suelo comienza a escasear producto de la disminución de precipitaciones, consumo previo y aumento o disminución de las temperaturas en la estación de verano/invierno, en este periodo las células comienzan a disminuir su diámetro y estas se caracterizan por poseer paredes más gruesas y lúmenes más estrechos, es decir madera con mayor densidad” indica el profesor Bozo, especialista en propiedades físicas y mecánicas de la madera.

Otra forma de conocer la edad de un árbol es a través del tarugo de incremento. Este método, llamado datación, es menos invasivo y se puede realizar en árboles vivos sin causarles daño. Con un taladro de incremento se extrae un tarugo de unos 30 a 50 cm, dependiendo del diámetro del árbol. Este proceso se hace a una altura de 1.30 m de la altura del suelo (DAP, diámetro a la altura del pecho), por lo que de todas maneras se pierde una buena cantidad de años en la cuenta de los anillos de crecimiento marcados en el delgado trozo de madera.

“Una vez fuimos a buscar un coigüe padre, sabíamos por el guardaparque de la Reserva Nacional Mocho Choshuenco que había un coigüe milenario. Lo taladramos con Emilio Cuq para determinar la edad aproximada y tenía harto menos que mil años, con el método del tarugo de incremento logramos determinar que el árbol tenía 330 años”, relata la profesora Orell, especialista en anatomía de la madera.

Los árboles no solo brindan servicios ecosistémicos, y un material de construcción sustentable como lo es la madera, que podemos usar en el presente o de los que nos beneficiaremos en el futuro, también nos entregan información de cómo fue el pasado. Se puede reconstruir la historia de un territorio a través del patrimonio natural. Con un trabajo arqueológico se puede determinar la existencia de bosque nativo como el laurel, lingue o canelo, por ejemplo, y su importancia cultural para los habitantes de nuestro país desde tiempos ancestrales.

En Chile, alerces y araucarias han sido testigos de nuestra historia por miles de años, principalmente en la zona de la Araucanía al sur. El Gran Abuelo es un espécimen de alerce (fitroya cupressoides) que tendría al menos 3.646 años de edad y está ubicado en el Parque Nacional Alerce Costero en la Región de Los Ríos.

Y en el mundo, con una edad de entre cuatro mil y cinco mil años, el ciprés mediterráneo (cupressus sempervirens) Sarv-e Abarkuh sería uno de los árboles más antiguos del mundo y se encuentra en la provincia de Yazd, en Irán. Por mucho tiempo, el pino longevo (pinus longaeva) Matusalem, llamado así por el personaje bíblico de quien se dice que llegó a vivir hasta los 969 años de edad, fue considerado como el árbol más antiguo del mundo con una edad aproximada de 4.789 años.

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