El agua no llega en la tarde. Eso lo saben todos en Alhué. Lo sabe Don Patricio Bello cuando sale a alimentar a sus vacas y caballos y descubre que el estanque está casi vacío. Lo sabe Javiera Cornejo, encargada de proyectos de la Municipalidad, cuando recibe llamados de vecinos desesperados en los meses de verano. Lo saben los estudiantes de Ingeniería en Recursos Hídricos de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile que llegaron hasta esta pequeña comuna de la Región Metropolitana dispuestos a aprender, pero que terminaron haciendo algo más: entregando respuestas.
Porque en Alhué, la crisis hídrica no es un dato estadístico ni un gráfico en una presentación de clases. Es una realidad que se vive en el cuerpo, en la tierra que no se puede sembrar, en los animales que sufren la sed, en las familias que dependen de los camiones aljibe para sobrevivir. Y fue precisamente esa realidad la que los estudiantes de cuarto año del curso "Conflictos y desarrollo comunitario de cuencas" tuvieron que enfrentar, comprender y, sobre todo, responder.
Una carrera nueva con vocación de territorio
La carrera de Ingeniería en Recursos Hídricos es una de las apuestas más recientes de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile. Nace en un contexto de urgencia: Chile es uno de los países más afectados por la escasez hídrica a nivel global, y la demanda por profesionales capacitados para gestionar, conservar y distribuir el agua de manera justa y sostenible no ha dejado de crecer.
El curso "Conflictos y desarrollo comunitario de cuencas", impartido por el académico Roberto Garfias junto a la ingeniera forestal Francisca Ruiz y el ayudante Víctor Manque, es una de las instancias formativas que busca expresar esa vocación. Su metodología combina formación teórica en sala con trabajo directo en terreno, obligando a los estudiantes a salir del aula, pisar el barro y entender que el agua no es solo una variable técnica: es un derecho, una necesidad y, en muchos territorios del país, una urgencia política y social.
"Este contacto directo permite a los estudiantes valorar profundamente los proyectos desarrollados, al reconocer que sus propuestas están dirigidas a las familias con las que convivieron y tienen como finalidad mejorar su calidad de vida a partir de necesidades reales", señala Francisca Ruiz, ingeniera forestal de profesión y una de las docentes que acompañó a las y los estudiantes durante toda la experiencia.
La elección de Alhué no fue azarosa. La comuna concentra una serie de condiciones que la convierten en un caso de estudio privilegiado para quienes se forman en gestión de recursos hídricos: aislamiento geográfico, infraestructura hídrica deteriorada, actividades productivas altamente dependientes del agua y una comunidad que lleva años conviviendo con la escasez. Todo ello, en plena Región Metropolitana, a poco más de dos horas de Santiago.
Alhué: historia, sequía y resistencia
Alhué es una de las localidades más antiguas de Chile central. Su nombre proviene del mapudungún y se asocia al concepto de lugar de aguas, una ironía que hoy duele. Durante la Colonia fue un importante enclave minero y agrícola, y su iglesia —declarada Monumento Nacional— data del siglo XVIII, siendo uno de los referentes arquitectónicos más relevantes de la zona central del país. Su casco histórico conserva construcciones de adobe y tapial que configuran un paisaje de valor patrimonial excepcional.
Con cerca de 8.000 habitantes, Alhué es una de las comunas menos densamente pobladas de la Región Metropolitana. La mayor parte de sus residentes vive de manera dispersa en localidades rurales e hijuelas, con el pueblo de Alhué como centro administrativo y social. Su economía descansa principalmente en la agricultura, la ganadería y, en menor medida, la minería artesanal: el cultivo de cereales, la crianza de ganado bovino y la producción de leña y carbón forman parte del sustento cotidiano de muchas familias.
Pero ese modo de vida enfrenta hoy una amenaza que se profundiza año a año. El envejecimiento de la población, la migración de los jóvenes hacia centros urbanos, la falta de conectividad y, sobre todo, la megasequía que azota a la zona central del país desde hace más de una década han puesto a Alhué en una situación de vulnerabilidad crítica. La infraestructura hídrica es insuficiente, el caudal de los ríos y esteros ha disminuido dramáticamente y las lluvias, que antes marcaban el ritmo de la siembra, cada vez llegan menos y con menor intensidad.
Fueron los estudiantes de Ingeniería en Recursos Hídricos los que llegaron a conocer esta realidad en profundidad. Y lo que encontraron los marcó.
En terreno: escuchar antes de proponer
Antes de diseñar cualquier solución, el equipo docente fue claro con los estudiantes: primero hay que escuchar. La metodología del curso exigió que cada grupo saliera al territorio, tocara puertas, se sentará a conversar con los vecinos y entendiera, desde sus propias voces, cuáles eran las necesidades reales de la comunidad.
Esa decisión metodológica resultó ser transformadora, tanto para los estudiantes como para quienes los recibieron.
"Fue clave que los estudiantes fueran a entrevistar a los vecinos y que ellos les dijeran que si bien es de conocimiento general que Alhué tiene una crisis hídrica importantísima, es diferente que un vecino te diga 'sí, y sabe que no tenemos agua en la tarde' o 'la presión del agua no llega'", explica Javiera Cornejo, arquitecta y encargada de proyectos de la Municipalidad de Alhué, quien acompañó parte del proceso y recibió las propuestas finales de los estudiantes.
Para Cornejo, la llegada de estos jóvenes significó también una oportunidad para que la propia comunidad pudiera verse reflejada en soluciones técnicas serias, elaboradas con rigor académico pero con sensibilidad territorial. "No es lo mismo que alguien te entregue un informe genérico a que un grupo de estudiantes venga, conozca tu caso, hable contigo y te proponga algo pensado específicamente para tu realidad", señala.
Los sectores de Pichi y Talami fueron identificados como los más afectados por la falta de acceso al agua. Allí los estudiantes encontraron historias que pusieron nombre y rostro a la crisis hídrica.
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Don Patricio Bello es nacido y criado en la comuna de Alhué. Pasó 15 años en Santiago trabajando como técnico de portones automáticos, pero en 2025 tomó la decisión de volver definitivamente con su familia a la pequeña localidad de Pichi. "En este momento me dedico a la crianza más bien de animales, porque ya cumplí mi ciclo de trabajo y mis hijos ya son profesionales", cuenta, sentado junto a la mesa de su cocina, con ropa de trabajo y la mirada de quien conoce bien la tierra que pisa.
Afuera, vacas y caballos comen el forraje que él mismo les dejó durante la mañana. Pero ese forraje ya no viene de la propia zona: hay que comprarlo fuera, porque las lluvias que antes alimentaban los pastizales de la zona han ido desapareciendo.
"Ha ido cambiando el clima en la comuna de Alhué (...) las lluvias cada vez son menos", dice Don Patricio con una calma que tiene más de resignación que de indiferencia. Los camiones aljibe se han convertido en una presencia habitual en el sector. La infraestructura de agua existe, pero la falta de recursos y mantención la ha dejado insuficiente para cubrir las necesidades del día. "Ahora estamos esperando el agua, y si no hay lluvia no podemos sembrar (...) no hay verduras, no hay absolutamente nada", cierra.
Un grupo de estudiantes conoció a fondo el caso de Don Patricio, compartió tiempo con él y diseñó dos propuestas técnicas orientadas directamente a su realidad.
La primera plantea reutilizar las aguas grises del hogar —aquellas provenientes de la ducha, el lavamanos o la lavadora— mediante un sistema de tratamiento técnico-natural a través de plantas fitodepuradoras, que permiten descontaminar el agua y recuperarla para usos domésticos y productivos. La segunda propuesta, más sencilla en su implementación pero igualmente efectiva, consiste en captar y almacenar aguas lluvias en estanques o recipientes, para su posterior uso en el riego y la ganadería. Ambas soluciones son de bajo costo, adaptables a las condiciones rurales de la zona y pueden ser replicadas por otras familias del sector.
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Don Sergio González también es de Pichi. Lleva más de una década siendo el alma del sistema de reciclaje de Alhué, una iniciativa que comenzó en 2012 y que hoy posiciona a la comuna entre las primeras de la Región Metropolitana en cantidad de residuos per cápita reciclados. "Somos los número 1 de la comuna de Alhué y número 3 a nivel regional", dice con orgullo.
Pero la historia de este logro no estuvo exenta de tropiezos. En 2005, Don Sergio se dio cuenta de que el sistema de reciclaje impulsado por el municipio y las juntas de vecinos no estaba funcionando. El problema no era la voluntad: era la logística. "Lo que viene después, el tratamiento del material, el enfardado y post-venta, eso es lo que falló", recuerda.
La solución que encontró fue tan simple como efectiva: ir casa por casa. El reciclaje puerta a puerta transformó la participación de la comunidad y, con el tiempo y el “boca a boca”, prácticamente la totalidad de la comuna comenzó a reciclar. Pero aún queda un eslabón pendiente: los colegios. "Con los colegios no hemos tenido acercamientos (...) en eso estamos al debe", reconoce González.
Ese fue exactamente el vacío que los estudiantes de Ingeniería en Recursos Hídricos identificaron y decidieron abordar. Su propuesta consiste en un plan integral de difusión del reciclaje que involucre activamente a vecinos, municipalidad y establecimientos educacionales, apostando por la educación ambiental como motor de cambio conductual. La idea es simple pero poderosa: si la gente no va al reciclaje, el reciclaje tiene que ir a la gente, y especialmente a los niños y jóvenes que serán quienes sostengan el sistema en el futuro.
"Me gusta mucho y me da mucha esperanza que esto funcione", dijo González al conocer la propuesta. Y agregó, con la convicción de quien lleva años mirando la tierra que pisa: "No hay otra forma de recoger lo que ya tenemos en la tierra botado. Eso es el reciclaje. Y eso significa cuidar el medio ambiente (...) si cuidamos el medio ambiente vamos a tener un calentamiento global menor y podemos equilibrar lo que merece la tierra".
Conocimiento con sentido: lo que el aula no puede dar
La experiencia en Alhué dejó en los estudiantes una marca que difícilmente se aprende en una sala de clases. Convivir con Don Patricio, con Don Sergio y con las familias de Pichi y Talami les permitió comprender que los problemas hídricos no son abstracciones técnicas, sino realidades cotidianas que condicionan lo que se come, lo que se siembra y cómo se vive. Cada propuesta entregada a la Municipalidad —desde el tratamiento de aguas grises hasta el plan de difusión del reciclaje, pasando por la propuesta de pasarela para conectar a las familias más alejadas— nació de ese contacto directo, de escuchar antes de diseñar y de ponerse al servicio de quienes más lo necesitan.
"Uno puede estudiar la gestión del agua desde los libros, pero llegar a Alhué y escuchar a un vecino decir que en la tarde ya no tiene presión de agua, eso te cambia la perspectiva completamente. Te das cuenta de que lo que estás aprendiendo tiene un impacto real en la vida de personas concretas, y eso le da otro sentido a la carrera", reflexiona Sebastián Almonacid, estudiante de cuarto año de Ingeniería en Recursos Hídricos.
Para Víctor Manque, ayudante del curso y parte del equipo que acompañó a los estudiantes durante todo el proceso, esta experiencia condensa lo que debería ser la formación en recursos hídricos en Chile: "Los estudiantes llegaron a Alhué con herramientas técnicas, pero fue el contacto con la comunidad lo que transformó esas herramientas en propuestas con sentido. Esa conexión entre el conocimiento y la realidad de las personas es, justamente, lo que necesitamos cultivar desde la universidad".
Propuestas que quedan: el compromiso que no termina en el aula
Al cierre del proceso, cada grupo de estudiantes presentó formalmente sus propuestas ante la Municipalidad de Alhué. No fue una entrega de informes académicos para ser archivados: fueron propuestas pensadas para ser implementadas, discutidas con las autoridades locales y, en lo posible, convertidas en políticas concretas que mejoren la calidad de vida de los habitantes de la comuna.
La Municipalidad recibió las iniciativas como insumos reales para avanzar en soluciones a una crisis que no da tregua. Javiera Cornejo fue clara al respecto: lo que estos estudiantes entregaron no lo entrega cualquiera. Requiere tiempo, escucha, rigor técnico y voluntad de ponerse al servicio del otro.
Para una comuna que lleva años esperando que el agua vuelva a llegar con la misma abundancia de antes, la llegada de estos jóvenes fue también una señal: la de que la universidad puede y debe estar presente en los territorios que más lo necesitan, no como observadora, sino como un actor comprometido con la transformación de las realidades que estudia.
En Alhué, el agua todavía escasea. Pero algo comenzó a cambiar el día que un grupo de estudiantes llegó con sus cuadernos, sus preguntas y sus ganas de ser útiles. Y eso, en un lugar donde la tierra espera la lluvia, no es poca cosa.
